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La irreductible Aldeanueva de Cameros, por Álvaro de Cózar / EL PAIS

Este artículo de ÁLvaro de Cózar es un clásico ya para la gente de Aldeanueva de Cameros. Fue publicado en EL PAIS, en 2006, cuando nuestra Posada echaba a andar (abrimos en Noviembre de 2002). Su aparición significó un espaldarazo para la Posada y para todo el pueblo, que pronto vio cómo aumentaban las visitas, apariciones en revistas, e incluso en televisiones nacionales.
Hoy muchas cosas han cambiado, muchos ya nos han dejado y han llegado otros nuevos, el pueblo tiene conexión y los servicios han mejorado mucho. Aún así, el pueblo mantiene toda su esencia, las casa se han restaurado, no se han construido nuevas, y la aldea sigue siendo ese núcleo irreductible, que se mantiene inalterable al discurrir de la historia.

Subes al altillo de tu armario, sacas el belén, desempolvas las piezas que tienen todos los belenes que se precien y las pones sobre la mesa, descartando a todos los camellos: el puente, las casitas, el agua hecha con papel de plata… Ya tienes en tu casa una maqueta de Aldeanueva de Cameros. A simple vista, esta aldea de La Rioja, unos cuantos kilómetros después de alcanzar el Puerto de Piqueras, es simplemente eso, un belén más grande. Pero se parece más a la irreductible aldea gala o al pueblo de Doctor en Alaska, sólo que con menos gente. En Aldeanueva de Cameros sólo viven tres personas durante todo el año, un burro llamado Nicolás que se ha cogido una baja laboral, una cabra que no para de quejarse y un zorro silvestre que come de la mano de los niños. Sus habitantes toman una poción mágica llamada zurracapote, comen setas, no muestran demasiado interés por las huellas de dinosaurio fosilizadas en una roca de la aldea y discuten con fervor las leyendas que hablan sobre la fundación del pueblo. Una de ellas cuenta que todo empezó porque se le metió a la virgen en la cabeza. Los habitantes de Urrezi, un pueblo cercano al lugar donde se asienta hoy Aldeanueva de Cameros, se habían quedado sin casas después de que un loco le metiese fuego al poblado, allá por la segunda mitad del XVI. Dicen que cuando los devotos de la virgen del valle la sacaron en procesión, cuesta arriba, en dirección a la ermita de Aldeanueva, ésta se hizo más liviana. Así que allí se plantaron.

Roberto Peso, matemático e historiador de la aldea, asegura que, en realidad sólo se quemó parte del pueblo, pero deja la puerta abierta a la cabezonería de la virgen. Roberto, como la veintena de personas que andan estos días por aquí, ha venido de vacaciones. “En la aldea sólo están tres todo el año. Los demás venimos siempre que podemos, porque de aquí somos o son nuestros familiares”, cuenta. El que está siempre es Luis, el hospitalario dueño de la posada, y Aniceto, que fue ganadero (esclavo según él) antes que guardia civil y que, ya jubilado, halló un don para domesticar animales silvestres. “Una vez me encontré una pequeña jabalina a la que le di el biberón y cuidé como si fuera un perro. Se llamaba Leticia. Donde yo iba, ella me seguía”, dice Aniceto.

En Aldeanueva no hay Internet, ni cobertura para móviles. Un teléfono público que suena en toda la aldea y un banco de madera son las únicas herramientas para comunicarse. “Este banco es lo mejor que tenemos en el pueblo. Por eso venimos. Cuando llegamos nos quitamos el chip de la gran ciudad y nos convertimos en otros. Aquí podemos hacer todas las tonterías que nos da la real gana”, dicen. Así transcurre la vida en este pueblo enano y glorioso, donde sus habitantes conservan la antigua tradición de dar alimento a quienes por allí se pasan. En fin, de un surrealismo enternecedor. O quizá yo lo vea así porque no estoy acostumbrado a los efectos de la poción mágica.

Pues ustedes dirán si me pueden echar un cable. Durante el próximo mes daré una vuelta a España guiado por las historias, ideas y consejos que gusten darme. El presupuesto para este viaje es de cuatro duros. Salí de Madrid el pasado domingo con 1.413 euros. Me quedan 1.392. En fin, que se admiten todas las propuestas encaminadas a abaratar la cosa. La primera parada es Aldeanueva de Cameros, un diminuto pueblo de La Rioja donde sólo viven tres personas, un burro y una cabra durante todo el año.

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